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"...¡perdón!... pero... ¿se conocían antes ustedes dos?..."

Actualizado: 3 nov 2021

"...¡perdón!... pero... ¿se conocían antes ustedes dos?..." de Richard R. Crown, que da igual a que libro pertenezca. México, 2021 © Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra.


...a veces la actriz de reparto, la despachadora, cierra la deliciosa escena romántica de una pareja que se muere por disfrutarse en el aroma del deseo...

Mañana de oficina, pasos que se escuchan tratando de llegar puntuales a sus lugares de trabajo puntuales. Clima de frio ligero pero cielo que pintaba para ser un día pleno, aroma de mañana renovada.


Cercano a nuestros protagónicos, el puesto de emparedados estaba vacío y listo para servir los mejores emparedados, la mejor fruta, el fruta más selecta y mejor café para cualquier estilo solicitado.


Justo en ese puesto de emparedados, ella generalmente caminaba decidida a al puesto y sucumbía ante el antojo de desayuno ligero antes de iniciar el día. Generalmente un café americano mediano, con solo un sobre de sustituto de azúcar, un pequeño envase de fruta y si acaso un panecito con relleno de crema pastelera. Eso era todos los días, solicitud tan específica que con solo llegar al puesto recibiría todo sin falla de manos de la despachadora que incluso siendo el mismo pedido cada día, se esmeraba en la atención personalizada desde el nombre de ella.


Justo en ese puesto de emparedados, él generalmente caminaba directo y solicitaba su emparedado de jamón sin picante, con porción extra de lechuga, con sal extra en un botecito y un jugo de naranja. Sí, siempre solicitaba lo mismo, ya hasta le decía la despachadora "¿su jugo, su emparedado especial verdad?", y al decirlo, le hablaba por su nombre.


No obstante, ella y él, nunca se encontraban en el puesto de emparedados. Jamás estaban presentes simultáneamente y la única persona que los conocía, o por lo menos sus gustos era la despachadora. Y sí, la despachadora sabía que ella y él eran solitarios en sus acciones, incluso en su seriedad sin sonrisa, silenciosos de charla.


Y un buen día... coincidieron en el puesto... o bueno, coincidieron con ganas de coincidir.


Él llegó sorpresivo mientras ella recién llegaba al puesto de emparedados.


—Hola... — saludó ella con toda seguridad y una sonrisa de lado a lado mientras dejaba que él viera esa sonrisa.


Él se sorprendió porque conocía su nombre por el que todos lo conocían los cercanos, no era le nombre de trabajo, ¿dónde lo había obtenido ella? ¿cómo?


—Hola... — él la saludó a ella con toda seguridad diciendo el nombre que usaban sus amigas y dejando el terreno planchado para tirar jugadas en competencia.


En realidad, ambos se morían de deseo por saludarse por primera vez, un pretexto, algo, algo, algo.


—¡Qué gusto encontrarnos! — dijo él, tratando de relajar la situación pero en realidad estaba ganando tiempo para pensar su próxima pregunta


—¡Sin duda, hoy tus ojos son especiales y aquí estamos! — dijo ella y sabiendo que había sembrado una bomba. Se volteó rapídamente con la despachadora para decirle "por favor, el joven va a degustar hoy un emparedado de jamón con cero picante... una porción extra de lechuga, un jugo de naranja grande... ¡ah! y necesitaremos un botecito de sal extra para que se lo lleve aparte".


La despachadora se detuvo un segundo como haciendo una pausa mientras su quijada se desplazaba hacia abajo y se detenía denotando franca sorpresa y sospechosísmo.


—La señorita hoy va a gustar algo ligero, algo como un café americano... tamaño mediano, un envase de mango y un panecito de chocolate con crema pastelera adentro... sí, como ese que tienes ahí... ¡ah! y con un papel encerado adicional porque aquí la licenciada se lo come mientras hace cosas en su escritorio — dijo él a la despachadora mientras los ojos de él volteaban de reojo a ver a la licenciada y asegurándose que ella viera los labios de él que se apretaban al sonreír.


La despachadora se dio cuenta que algo pasaba, lo pensó... parecía que ellos tenían historia o simplemente se gustaban tanto que estaba viendo un momento de encuentro deseado. Y decidió entrar a la historia para corroborarlo.


—¿Dos sobres de azúcar sustituto para el café mediano de la señorita verdad? — dijo ella, sin quitarles la vista a la cara de ambos


—No, solo uno — respondieron al unísono ella y él, de manera tan pronta y sincrónica que parecía que el que respondiera antes ganaba la siguiente jugada.


—¡Claro!, es cierto, solo uno — dijo la despachadora mientras no podía evitar una sonrisa de risa que le brotaba en efervescencia.


Mientras la despachadora preparaba el pedido volteaba discretamente para no perder referencia de la escena.


Y ellos, aunque querían distraer con temas simples, abortaron la misión porque les temblaban las palabras. Decidieron pasar la espera mirando sus rostros y miradas con una sonrisa de lado a lado, sí, así en silencio, en orgullosa, sincera y evidente contemplación mutua.


Llegó el pedido y él se apuró a pagar, con la cantidad exacta que incluía el pedido de ambos y sin mirar la cartera. Lo tenía listo para no perder la atención de ella buscando cambio o dinero para completar. Él lo tenía previsto.


Eso sorprendió a la despachadora que seguía atónita. Sus clientes frecuentes, serios, sin sonrisas, solitarios... prácticamente robots... se gustaban, derramaban deseo y sonrisas.


—¡Que tenga buen día licenciada!, ¿nos vemos hoy en su lugar favorito para fumar a la hora acostumbrada para fumar?, ¿sabe? será un gusto estar ahí para sentir el viento en la cara a su lado — dijo él a ella mientras caminaban despacio alejándose del puesto de emparedados.


En ese momento, y antes de que se alejaran más la despachadora les lanzó un llamado en un buen volumen de voz para ser escuchada por los tórtolos.


—...¡perdón!... pero ¿se conocían antes ustedes dos? — dijo la despachadora rindiendo su curiosidad de la historia que al menos ella no tenía completa


—Nos conocíamos a detalle vehemente desde hace varias semanas — dijo él a la despachadora mientras la miraba a ella con el orgullo del lugar que ella tenía para él.


—... ¡pero acabamos de coincidir hace cinco minutos!... hace cinco minutos nunca nos habíamos dirigido la palabra — dijo ella mientras lo volteaba a ver a él que movía la cabeza denotando afirmación y punto de acuerdo.

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